El viaje, de Ida Fink (Báltica) Traducción de Elżbieta Bortkiewicz | por Juan Jiménez García

Ida Fink | El viaje

Hay en El viaje la confesión de la ausencia de memoria. Esos espacios en blanco, esa inexistencia de recuerdos, esos instantes en los que no hay nada, nada en absoluto, ni tan siquiera esos falsos recuerdos, o esos otros que estamos a punto de atrapar, pero se nos escapan, sin remedio se nos escapan. Una materialización de mis propias obsesiones. Aquello que no está. Que ya no será, aunque, un día algo regresa. El viaje es una obra basada en la propia experiencia de Ida Fink, que, durante la ocupación alemana de Polonia y ante el peligro inminente para los judíos (ella, su familia), es enviada por su padre, junto con su hermana, a un incierto viaje hacia Alemania cuyo objetivo es ponerse a salvo, alejarse del gueto. Con papeles falsos y haciéndose pasar por trabajadoras voluntarias a las que esperan allá, no tarda todo en empezar a torcerse. Esa argucia ya se ha empleado demasiado. La narración se convierte en un largo camino lleno de peligros, de derrotas, pero también de una cierta esperanza. Iba a escribir en el ser humano, pero no es cierto, porque precisamente lo que demuestra el libro es, cierto, la esperanza de encontrar gente buena, pero también la constancia de que el nazismo no fue el sueño de una noche de verano de unos cuantos locos, sino una deriva colectiva. Ni tan siquiera un asunto alemán, dado que ahí estaba recogido el espíritu de una época. Pensemos en el ahora.  

No huyen de la muerte segura, sino de la incertidumbre o de la sospecha. Estamos en el otoño de 1942, tiempos confusos. Los alemanes están en plena campaña oriental y no va bien. A través del paso de los meses, se irá sintiendo como se acerca la derrota. Se habla del arma definitiva, pero lo único definitivo es esa involución, que aproxima más y más a los aliados y la derrota. Conforme avanza el viaje, aparecerán las bombas sobre las ciudades alemanas, señales del futuro inmediato. Pero eso aún está lejos. Lo cercano es el día a día, y cualquier gendarme o la temida Gestapo puede dar al traste con todo. En la narrativa de Ida Fink está el despojamiento y una preocupación por el temor inmediato, por el miedo que les rodea, por el desfallecimiento. La guerra está ahí, lejos aún. Es algo que discurre en países lejanos, y esa debía ser la impresión también de los propios alemanes en un principio. Por eso, estar en Alemania como trabajadores voluntarios era una buena manera de escapar de todo aquello.  

Sus nombres cambian. Cambian constantemente. Siempre son ellas dos, pero siempre son alguien más, otra persona tras la que se esconden, otra identidad, que implica otro pasado, otra familia, un no ser. Recuperar el alemán estudiado, recordar sus peculiaridades dialécticas, olvidar lo aprendido. No saber tocar el piano delante de ese piano, pero ser incapaz, jugarse la vida por interpretar unas notas de Chopin, porque necesitas, por un momento vivir, salir de ese cuerpo extraño, recuperar aquel viejo cuerpo. Cuerpo, pensamiento, inteligencia. Entendimiento. Sobrevivir a los demás, al azar, a las circunstancias, ser fuerte en la debilidad, sostener a la hermana pequeña, que se derrumba una y otra vez, pero una y otra vez quiere seguir. Ese enfrentamiento de nuestra necesidad de sobrevivir contra el mal, ese mal que puede ser un campo de exterminio, pero también la dueña de una granja. Que es así porque uno se sustenta en otro, uno es la materialización de la maldad del otro, de su miseria moral. Ida Fink, como escritora, como protagonista, no se hace demasiadas preguntas. No sobre todas estas cuestiones humanas. Cuando el objetivo es sobrevivir, la escala del mundo se reduce a cosas muy pequeñas. Unos zapatos, algo de comer, un parque, una puerta, el pensamiento en el padre, en la gente que se ha ido quedando por el camino en esa búsqueda de la seguridad de vivir. Cuando vuelva unos años después a los lugares de entonces, no quedará nada, pero todo sigue ahí. De nuevo esa presencia de la ausencia. Ese estar, pero no lograr atrapar. La necesidad de olvidar frente a la necesidad de recordar. Ese mecanismo que nos mueve como personas, que nos hace no detenernos. Ese ruido en nuestras cabezas, cuando estamos ahí, en silencio. Ese temor sordo, que no sabemos a qué atribuir… A los espacios en blanco. Al vacío. A la repetición. 


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